En un mundo donde el ruido de las armas muchas veces intenta imponerse sobre el canto de los pájaros, es necesario levantar la voz —no con odio, sino con conciencia— en favor de quienes más necesitan cuidado: los niños, los ancianos, las mujeres y los pueblos que solo desean vivir en paz.
Los niños no deberían aprender el sonido de las bombas antes que el abecedario. No deberían conocer el miedo antes que los juegos, ni el hambre antes que el pan compartido en familia. Cada niño tiene derecho a una infancia digna, a la educación, a la salud, a la ternura. En cada mirada infantil vive el futuro del mundo. Cuando un niño sufre por la guerra o la pobreza, la humanidad entera fracasa.
Los ancianos, que han entregado su vida al trabajo, a la crianza, al esfuerzo silencioso de sostener generaciones, merecen respeto y cuidado. Son memoria viva, experiencia, consejo. En ellos habita la historia de los pueblos. Abandonarlos o exponerlos al dolor de la violencia es desconocer nuestras propias raíces.
Las mujeres, pilares de tantas familias, constructoras de vida, educadoras, trabajadoras incansables, no deben ser víctimas del desprecio, la desigualdad ni la violencia. Una sociedad que respeta a la mujer se respeta a sí misma. Allí donde la mujer es valorada, florece la comunidad.
Y los pueblos… los pueblos no quieren guerras. Quieren sembrar, trabajar, estudiar, cantar, reunirse en sus plazas, celebrar sus tradiciones. La gente común no anhela conquistar territorios; anhela estabilidad, dignidad y futuro para sus hijos. La guerra casi nunca nace del corazón del pueblo; nace del orgullo, la ambición o el fanatismo de unos pocos.
El hambre, en un mundo capaz de producir alimentos para todos, es una herida moral. No es solo falta de comida: es falta de justicia. Cada plato vacío es una pregunta que la humanidad debe responder con responsabilidad y solidaridad.
Defender la vida no es una postura ingenua; es un acto de valentía. Es elegir el diálogo sobre la violencia, la cooperación sobre el enfrentamiento, el respeto sobre el desprecio. Es recordar que cada ser humano —sin importar su bandera, su idioma o su religión— tiene el mismo derecho a despertar sin miedo.
Que vuelvan el respeto y la paz no depende únicamente de los gobiernos; depende también de nuestras acciones cotidianas: educar en valores, tender la mano, escuchar antes de juzgar, enseñar a nuestros hijos que la diferencia no es amenaza sino riqueza.
Que el mundo vuelva a ser un lugar donde los niños jueguen, los ancianos descansen con dignidad, las mujeres caminen seguras y los pueblos trabajen y estudien en libertad. Que la vida sea defendida no con armas, sino con humanidad.
Porque vivir en paz no es un privilegio. Es un derecho.
Unamos nuestros esfuerzos y oraciones, para que mueran en el mundo el odio y el rencor, y solo florezca el amor.
Muchas gracias.
¡Dios los bendiga!
Mario C. Marini
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