No están en los mapas, ni en las noticias, ni en las discusiones diarias.
Están en los gestos simples.
En la mano que se tiende sin preguntar.
En el plato compartido cuando falta.
En el abrazo que sostiene sin prometer nada, pero lo dice todo.
Vivimos tiempos en los que parece que la prisa nos ganó la carrera.
Corremos, discutimos, señalamos… y a veces olvidamos lo esencial:
que nadie se salva solo.
Los niños necesitan cuidado, pero también ejemplo.
Las mujeres merecen vivir sin miedo, con dignidad y oportunidades.
Y los pueblos… los pueblos necesitan volver a creer.
Creer que la paz no es una utopía.
Que el trabajo dignifica.
Que la familia, en cualquiera de sus formas, sigue siendo refugio.
Que el amor —aunque golpeado— sigue siendo el idioma más fuerte.
Quizás no podamos cambiar el mundo entero,
pero sí podemos encender pequeñas luces.
Una palabra amable.
Una canción compartida.
Un gesto que rompa la indiferencia.
Porque donde alguien decide hacer el bien,
aunque sea en silencio,
ahí… empieza todo de nuevo.
Y mientras haya alguien dispuesto a amar,
a cuidar, a acompañar,
la esperanza no será recuerdo:
será camino.
¡Cunamoryvos!
Por el amor y la esperanza.
¡Muchas Gracias!
"Dios los bendiga"
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