viernes, 11 de diciembre de 2009

MITOS Y LEYENDAS. HOY:"EL VOLCÁN LANÍN"




El sacrificio que apagó el Lanin

Dicen los mapuches que cada montaña tiene su dueño, su Pillan, un espíritu que guarda sus tesoros y la protege de los grandes abusos. El Pillan vive en la cumbre desierta hasta donde nadie se aventura, pero baja para recorrer sus caminos, cuidar los animales del bosque y asomarse a la orilla de los lagos o a la puerta de los valles, donde termina su reino. Cuando el Pillan se enoja, un viento amenazante comienza a agitar las copas de los árboles, expulsando el silencio y reuniendo las nubes. Cuando castiga, provoca tormentas, derrumbes, erupciones... Y calmar la ira de un Pillan a veces exige sacrificios inolvidables.
La tribu del cacique Huanquimil vivía hace mucho tiempo en el valle de Mamuil Malal, contra la ladera norte del Lanin, donde los pehuelches se levantan enhiestos y oscuros como centinelas, donde crecen los amankays como una sorpresa repetida y corren las maras entre la espesura.
Una vez, un grupo de muchachos recorría el bosque buscando caza, siguiendo las huellas de un huemul. Decididos, con el carcaj y el cuchillo bajo el manto de lana y seguidos por los perros, iban subiendo la ladera.


- Seguro que se fue para el torrente – dijo uno – allí lo atraparemos. – Y sin más palabras marcharon, optimistas, siempre hacia arriba, siguiendo la rastrillada que circunda la montaña.
Sus pasos se hicieron sigilosos al acercarse a la cascada. Era un arroyito, apenas un hilo de agua que bajaba desde la cumbre, donde piedras o ramas caídas formaban aquí u allá pequeños estanques, donde el bosque perdía toda rudeza, tapizado de musgo y adornado de flores.
Ocultos y en silencio, esperaron al huemul. Después de un rato que pareció muy largo, el animal llego al claro y se puso a beber delicadamente el agua transparente. Los muchachos apuntaron sus flechas, pero los perros, inquietos se les adelantaron y espantaron al ciervo, que se escapó rápidamente ladera arriba, buscando el refugio de los árboles.
Y comenzó la persecución. Los perros olfateaban la huella y corrían, erizados, mientras los cazadores se separaban, subiendo por distintas sendas, para acorralar a la presa. A veces el huemul se detenía y luego, asustado, volvía a escaparse, siempre trepando montaña arriba, su única vía libre.
Ya estaban muy alto cuando lo atraparon, cuando arrinconaron contra las grandes peñas al animal ya sin resuello. Así pudieron clavarle sus cuchillos, temblando ellos también, sin aliento para gritar el triunfo, con el corazón batiendo como el parche de un Kultrun y las pantorrillas doloridas.


Una vez recuperados, miraron a su alrededor antes de comenzar el descenso. No conocían ese sitio, nunca habían subido tan alto por las laderas del Lanin y el paisaje había perdido su aspecto familiar. Ya no había árboles, con hongos sembrados a sus pies; ya no se veían mas pájaros ni flores; aquí y allá se encontraban los huesos blancos de algún animal muerto; el suelo rocoso no se escondía bajo la alfombra de hojas, de frutos, de ramitas... se desnudaba, barrido por un viento helado que no tenia ya donde enredarse. La montaña entera parecía depurarse en silencio y blancura.
Cierto desasosiego los hizo interrumpir el descanso y desear estar de vuelta en su ruca, con el fuego encendido y el olor del asado deshaciéndose en humo... Entonces se levantaron y comenzaron el descenso, arrastrando el cadáver montaña abajo.
Antes de que el cuerpo del huemul fuera desollado y su carne deshuesada y salada, el volcán empezó a humear, amenazante. Y esa misma noche, acostados, todos sintieron en sus cuerpos el temblor de la montaña y escucharon el retumbar se sus entrañas.
Así comenzaron días de angustia para la gente de Huanquimil. El humo nubló el cielo y no se vio mas la luz del sol, la tierra caliente temblaba bajo los pies de los mapuches, una lluvia de cenizas caía sobre los sembrados. De nada sirvieron las rogativas, las ofrendas... Como podría aplacarse la furia del Pillan? La machi recurrió a las cortezas de Coihue, pero las escrituras resultaron ambiguas. Entonces se recluyó dos días para meditar, aislada en una grieta, envuelta en su grueso manto y alimentándose solo de tallos de niolkin. Volvió de su retiro ensombrecida por la revelación: solo una ofrenda calmaría al Pillan y pedía el mayor tesoro de Huanquimil, su hija Huilefún.

Debe llevarla arriba el mas joven y valiente de los Koná - agrego la machi.
Cómo lloraron los huanquimiles! Pobre Huilefun, tan hermosa, que no terminaría de crecer!

- No puede ser, no puede ser!! – gritaba su madre, desesperada.

Pero el feroz sacrificio debía cumplirse.

Hermanas y primas vistieron y arreglaron a Huilefún, que, callada, las dejaba hacer.
Ellas le trenzaron el pelo, la arroparon en un manto nuevo y se lo sujetaron con un broche de Llanka. Así se presentó ante todos los que se habían reunido para despedirla, mirando con ojos tristes a los muchachos, pensando si sería este o aquel el encargado de acompañarla arriba.

Se adelantó Quechuán y dijo:

- Yo te llevo, Huilefún. Y llegó el momento de la despedida. El sonar de los Kultrunes ahogó el sollozo de Huanquimil; su mujer, con el cabello cortado, corrió hasta Huilefún para darle el ultimo abrazo y prenderle en el pecho su mechón de duelo. Después Quechuan le dio la mano a la muchacha y se los vio desaparecer y aparecer alternativamente, camino arriba, hasta que sus siluetas se perdieron en la montaña encapotada de humo y de cenizas.

Quechuan y Huilefún subieron sin hablar la cuesta del Lanin. Les faltaba el aliento por el esfuerzo y de a ratos se sentaban a descansar sobre las rocas. A medida que subían el calor se hacia insoportable, y tenían que taparse la cara con el manto para no respirar el aire cargado de ceniza.
Cuando Huilefún no pudo mas, Quechuan la sentó sobre sus hombros. Así llegaron hasta el borde del cráter.
- Ya puedes volverte, Quechuan – dijo muy bajito Huilefún.

Quechuan bajó a la muchacha pero no la soltó. La rodeo con sus brazos y le dijo:

- Yo me quedo con vos – y beso los labios calientes de Huilefún.

Se sentaron juntos, abrazados debajo de sus mantos, que habían unido. Hasta que algo los cubrió de improviso, una sombra en medio de las sombras. Eran las alas de un cóndor, que, poderoso, se abalanzó sobre la pareja y arranco a Huilefún de los brazos de Quechuan. Aprisionándola con sus garras la levantó en el aire, sobrevoló la cima y la dejo caer en la boca humeante del cráter.
Mientras Quechuan corría cuesta abajo, un aire húmedo y frío invadió la montaña, al tiempo que caían los primeros copos. Fue la nevada más grande de que se tenga memoria, duro tantos días que ya nadie recuerda cuantos. Constante, blanca, mansamente, la nieve cayó sobre el cráter sepultando para siempre su fuego milenario, enfrío la montaña para salvarla del incendio y cubrió la tierra mapuche con su blanco mantel protector.



Cubierto de nubes o reluciendo al sol, el viejo Lanin es la montaña más importante de Neuquén. Su cúpula asimétrica, siempre brillante de nieve, atrae de inmediato la mirada y nadie la deja atrás sin darse vuelta para verlo por última vez. Sereno, inconmovible, se yergue por sobre el esplendor de bosques de suelo ceniciento y lagos de playas oscuras, vagos recuerdos de antiguos incendios.
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El Parque Nacional Lanín fue creado el 11 de mayo del año 1937 con el propósito de resguardar un sector representativo de los bosques norandino-patagónicos que alberga especies representativas de esta región como el pehuén, el raulí y el roble pellín.
Los antiguos pobladores se dedicaron a la recolección de piñones complementando esta actividad con la caza de guanacos, huemules y ñandúes. Usaban instrumentos de piedra, hueso y cerámica. Existían relaciones de intercambio entre ambos lados de la cordillera.

La presencia del pueblo Mapuche en los valles cordilleranos tiene una larga historia. Antes de la llegada de los españoles en el siglo XVI, los pueblos originarios ocupaban vastísimas extensiones del territorio. Como otros, sufrieron los efectos de la conquista y de la expansión de la sociedad nacional, viviendo una larga historia de conflictos por el reconocimiento de su cultura y de su territorio. En el Parque existen poblaciones de origen anterior a la creación de las áreas protegidas. Actualmente siete son las comunidades asentadas: Curruhuinca, Cayún, Cañicul, Raquithué, Aigo, Ñorquinco y Lefiman totalizando unas 100 familias.

NUESTRA MITOLOGÍA ESTÁ LLENA DE ATRACTIVAS Y PINTORESCAS HISTORIAS QUE ENRIQUECEN EL FOLCLORE NACIONAL.
OJALÁ HAYA SIDO DE SU GUSTO. SERÁ HASTA LA PRÓXIMA. LES DEJO MIS SINCEROS DESEOS DE PAZ, AMOR Y FELICIDAD PARA ESTAS FIESTAS Y UN PRÓSPERO AÑO 2010



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